Ace Of Spades
Siempre fuiste un jugador empedernido. La emoción, la tensión nerviosa del
encierro ahumado, sentado frente a una mesa. Los rostros rígidos y sin
emociones de tus contrincantes: tus enemigos. Y ciertamente lo eran, pues en
cada mano, en cada partida se jugaban sus vidas contra la tuya. Matar o
morir era la intención. Carta por carta arriesgabas todo lo que tenías por
un momento fugaz de gloria, por victorias efímeras y sin sentido. Tuviste
victorias, muchas de ellas.
Poco a poco te formaste un renombre, una fama bien ganada. Se decía que
entre mas adversa era la situación, mas impresionante era tu recuperación.
Eras bien conocido por no tener una sola pizca de piedad para tus
adversarios. Mas de uno perdió todo cuanto tenía en contra tuya, y tu, sin
más, reclamabas el botín maldito, sin importar las posibles repercusiones
que esto tuviera en vidas ajenas… “Negocios son negocios, apostar para
perder es de tontos” era tu lema.
Nunca te fué dificil dejar todo aquello que te hacia humano fuera del cuarto
de apuestas. Como un abrigo, como un sombrero, como cualquier prenda inútil
te despojabas de ello, lo dejabas colgado en el perchero justo antes de
ingresar al lugar donde almas como simples fichas estaban en juego.
Gradualmente aprendiste a dejar tu humanidad de lado. Fué asi como
trasladaste tu gran éxito en las mesas de poker al campo empresarial. Pronto
fuiste reconocido como un empresario despiadado, un capitalista consagrado.
Echaste mano de todo recurso que estuviera a tu alcance para aplastar a todo
aquel que se interpusiera en tu camino.
Comenzaste a alejarte del círculo de apostadores y cambiaste las pequeñas
mesas verdes, las luces tenues y el olor a tabaco corriente por oficinas
grandes, elegantes y bien iluminadas, y habanos importados. El mundo era
ahora tu cuarto de apuestas, y jugabas con trabajos y vidas como lo hacías
con cartas y fichas.
“Apostar para perder es de tontos” dejó de ser simplemente tu lema y se
volvió en toda tu filosofia y modo de vida. Y tu no eras tonto… te
aseguraste de nunca perder, hasta aquel dia.
Era un sujeto joven, de no mas de veinticuatro años. Sin embargo, la fama
que se habia forjado a su corta edad era, para muchos, equiparable a la
tuya. Para ti no era transcendente, sabías que las mesas de apuestas ya no
te eran suficiente reto. Habias superado ese nivel… “Estoy en las grandes
ligas” repetias a todo quien te mencionara el ascenso de este muchacho. Y
vaya que iba en ascenso, pues en menos de dos años logró acumular suficiente
dinero y poder para incursionar, al igual que tú décadas atrás, en las
“grandes ligas”. Pero tu orgullo no decaía, te sentías superior aun a las
aspiraciones de tal joven… ¿o no?
Pronto tu ego comenzaba a cobrar los meses de defensa de tu autoestima, y
cuando menos te lo habias imaginado ya estabas aceptando el reto personal
del sujeto. Estabas dispuesto a demostrarle a ese niño y a todo aquel que
osara compararlos quien era el mejor en el juego. Era una farsa, en el fondo
sabias que al unico al que necesitabas demostrarle tal cosa era a ti mismo,
y a nadie mas.
Hacia tanto que habías vencido obstáculos, hace tanto que te habías retirado
del juego que te abrió las puertas del éxito. ¿Seguías siendo aquél animal
sediento de sangre y de victoria? Esta era la mejor oportunidad para
demostrarlo. Además, la apuesta era sencillamente demasiado jugosa como para
ignorarla. Todo lo tuyo contra todo lo que el tenía.
El campo de juego no te era desconocido. El joven habia elegido lo que el
pensaba era un área neutral para el fatídico encuentro. No sospechaba que
ese lugar habia visto la mejor de tus rachas de victorias, la que sentó tu
fama y reputación. Si, definitivamente el destino estaba a tu favor, pues
incluso el juego elegido para esa noche te auguraba buen porvenir, pues era,
casualmente, tu favorito.
Mientras llegaba la noche, te preparabas para tu reencuentro con el
encierro, el humo, la luz tenue, la pequeña mesa, el mazo de cartas: el
mundo que te dio todo lo que tenias ahora. En esta ocasión irias a
defenderlo, a demostrar que tu fiereza aun yacía bajo esa piel dañada por el
paso de los años.
Te acercaste cautelosamente. El te esperazba, sentado entre las sombras. No
podías distinguir bien su rostro. Eso era lo de menos, pues te creias capaz
de sentir su nerviosismo: el miedo que (pensabas) le infundías. Tomaste la
silla, lentamente te sentaste sin desviar tu mirada, la cual tenías fija al
espacio entre la sombra donde posiblemente se encontraban los ojos de tu
contrincante.
Tomaste el mazo de cartas nuevo, lo barajeaste con la habilidad natural que
siempre has tenido.
-¿Listo para perder, niño?
-Apostar para perder es de tontos
Tu frase, tu lema, tu modo de vida resumido en un enunciado, TU ENUNCIADO.
Habia tenido el descaro de contestar tu reto con tus propias palabras.
Sonreiste en forma sarcástica en ese momento, ibas a hacerle arrepentirse de
tal osadía.
Repartiste. Pusiste el resto del mazo en la mesa. Fuiste desplegando tu
mano: Rey, reina, jota, diez y un tres. Todos de espadas. Estabas a punto de
obtener un juego perfecto. Solo te hacia falta una carta para ganarle. Un as
de espadas, y serías de nuevo el mejor, lo demostrarias al mundo. Sabías que
esa carta era tuya (después de todo, tu habias acomodado las cartas).
Pediste un cambio. El joven acercó su rostro a la luz, lentamente te dio tu
carta. Al igual que tu, solo hizo un cambio. Tenías que mantener tu rostro
rígido, sin emociones, pero no pudiste. Una leve sonrisa burlona se dibujó
en tus labios. Lo tenías en tus manos.
Por primera vez en toda la noche podías apreciar su rostro. Tambien sonreia.
¿Qué le daba tanta seguridad? Cierto, el no sabia con quien estaba
metiéndose, y ciertamente no sabia el juego que te habia tocado. Levantaste
el rostro, listo para soltar otro reto, otro intento de humillación, y fue
entonces cuando sucedió: lo viste, por primera vez, directamente a los ojos.
Comenzó un escalofrio que se fue deslizando por toda tu espina dorsal, tu
sangre se heló, tus pupilas se dilataron y tu rostro se empalideció.
Comenzaste a sudar frio y, por primera vez en toda tu vida, sentiste
miedo… verdadero pavor. No pudiste mantener la mirada arriba mas, asi que
volviste tu rostro hacia tu mano, y te encontraste con que todas tus cartas
eran diferentes: un as y un ocho de tréboles, una reyna de diamantes, un
ocho de espadas… volteaste tu carta de cambio: un as de espadas. La mano
del hombre muerto, y tu desesperación se apreciaba cada vez mas en tu
expresión, y en tus ojos, los cuales estaban a punto de reventar del stress.
Entonces llegó el acabose: te mostró su juego. Flor imperial.
- Y, dime. ¿Cómo se encuentra tu paciente del A1?
- Pues bastante bien, hace mucho que dejó de tener alucinaciones sobre
juegos de poker.
- ¿Crees darlo de alta pronto?
- No.Hace unos dias hubo un evento extraño. Se despertó a mitad de la noche,
gritando y comenzó a golpearse, a lanzarse contra la pared, repitiendo “Lo
vi” una y otra vez, y lo ha repetido desde entonces.
- Lo vi, lo vi, lo vi, lo vi, lo vi….