A ella, el amor, le envenenó las lágrimas (proemio)
La muerte debido a la presencia del amor o a la ausencia de éste, siempre es romántica. Aunque el acto de morir es triste.
Ese día en Árica, el sol calentaba el pórtico de la casona, tenía unas puertas del tamaño de un mocetón y un tejaban. Eran las tres de la tarde, en el aire se percibía el sonido del tercer campaneo, ella recorría la casa como una ráfaga de aire atraviesa la comisura de la puerta. Apenas provocando un ligero sonido. Parecía como si un espíritu se acercara al mundo de los vivos para despedirse. Ignara, se discurría entre dar de comer a los perros y cuidar las violetas que se encontraban en el pasillo. Un pasillo largo con más de treinta macetones de violetas de varios colores. Las violetas diversas crecían como racimos de uvas. Cada planta siempre tuvo un tallo que se bifurcaba en once más. Cada macetón tenía siempre la simétrica cantidad de sesenta hojas y una flor por cada trino de tallos.
Recorrió la casa desde su recamara hasta el pórtico, se recostó en el lugar en donde cada tarde reposaba y dormitaba los sueños de su vida, donde recordaba la única historia de amor y desamor de su subsistencia. Pues vivir es al mismo tiempo empezar a morir. Tal vez esta sea la razón por la que el lenguaje se construya por oposición, con conceptos contrarios, antinómicos. Pues todas los conceptos y las cosas son más fáciles definirlas si se comienza por precisar lo que no son.
Árica, no es un pueblo grande, es más bien pequeño, se erige en medio de un paisaje verde; rodeado de riscos, de colores verde lapislázuli, y piedras arcillosas, matices de colores ocres; empotrado en medio de una cordillera de montañas; verdes, grises y azules. Las nubes penden del cielo como sujetas por alfileres hechos de viento, y se agolpan en una cordillera blanca de algodón eclipsando la presencia de las rocas con una esperanza de agua, parece como si el paisaje fuera una pintura al óleo fresco que se desdibuja y nubla con las primeras lluvias, con un olor característico: Árica huele a soledad. Aquel diecisiete de junio, se percibía ese mismo olor, el de siempre. Con el que se despierta cada ariquense, mezclado con el olor de un verde vejiga y amarrillo ocre. Ella por primera vez se dio cuenta que Arica olía a aislamiento, percibió en el ambiente, en la mirada, en la conversación y en las relaciones amorosas que se dan entre los ariquenses. Entre dientes murmuró: la soledad siempre es buena compañera cuando uno la busca, y no lo es tanto cuando llega de manera inesperada.