A ella, el amor, le envenenó las lágrimas: Arica huele a soledad
Una mirada acuosa se encajó en su ojos. Toda su vida conoció el nombre de un pueblo ignoto. Todas las mañanas escuchó sobre su existencia y lo vio cuando cerraba los ojos. Vio las tolvaneras de polvo. Y el olor a tierra mojada en los días de lluvia.
En ese pueblo las personas escribían historias todos los días. Buscaban encontrar el hilo negro, y narraban breves relatos e historias que se cuentan con palabras de amor y desamor.
Por suerte, no sé si buena o mala, pudo pronunciar su nombre -Árica!-. Lo libró del mundo convencional y lo hizo sólo suyo. Ese pueblo tiene una peculiaridad, ahí sólo viven personajes tan sencillos pero tan difíciles de describir. Más difíciles incluso que la palabra soledad.
Sin saber porqué, pero allí empezó su sueño: en Árica. Tierra rica en minerales, principal fuente de ingresos. Encajada a capricho entre las piedras, en medio de un paisaje montañoso.
Como los bosques siempre verdes. Los riscos, peñascos y cerros la mayor parte del año iluminaban con un verde matiz el paisaje.
Con un olor eterno a soledad. No percibir este aroma en el escenario, era como no encontrar el olor a tierra mojada cuando empieza a llover, es inadmisible. Allí la soledad no era una cosa de miedo, era vista como una forma de vida.
La soledad como compañía es perfecta, silenciosa y comprensiva. La soledad por falta de compañía era igual, a excepción de una peculiar característica, que no es necesario calificar, pues en Árica la soledad se acostumbra como una siesta, todos los días se respiraba en el ambiente, todos los días se practica. A diferencia de la hora de la siesta, que es determinada, la soledad se percibe en cualquier momento del día. Es la compañía habitual.
Cuando caminan por la calle lo hacen completamente solos, aún cuando en la acera vayan detrás o delante personas conocidas o desconocidas. Aquí, la soledad es la compañera perfecta.
Cuando llegó a Arica y la sintió, pensó -este es el lugar en donde quiero sobrevivir-. Para entonces el día empezaba a envejecer. Y la luz del Sol se separaba de la tierra.
En ningún lugar faltan las almas extraviadas, aquellas que se niegan a vivir en la forma cotidiana. Almas que no soportan la soledad. Y terminan ahogadas, asfixiadas por sus pensamientos. Las que con la caída del sol bailotean y canturrean “la soledad”.
Su madre le decía que el corazón es el órgano en el cual se acumulan las lágrimas y que estas sólo salen por los ojos cuando ya no pueden ser conservadas.
Hay personas que tienen corazones grandes y los lamentos siempre se quedan guardadas aledaños a las sonrisas. Doña Hilaria era de esas personas.
Doña Hilaria tenía un corazón enorme. En el que había guardado muchas lágrimas de amor.
Ahí, en ese pequeño pueblo, Ella perdió lo último que le quedaba, lo que la ataba a la vida. Nada se recupera en esta vida. Sin embargo Ella creía, que los recuerdos eran los únicos que se quedaban consigo. Pero con el tiempo, que lo cura todo o lo extingue, se dio cuenta que estaba equivocada; y también los perdió.
El pueblo íntegro olía a destierro. En particular dentro de la casona se hallaba como una fragancia distinta. Como a polvo de soledad…