Las nubes estaban tristes

Enviado del más allá por: :::Il postino:::

“Hay historias que aun no se empiezan a escribir. Alguien las cuenta desde el anonimato de la memoria, después el viento trasoye las palabras.”

Siempre me han llamado la atención las nubes. Será acaso porque las personas nos parecemos a ellas. Y al igual nos mueven los vientos del huracán de la desgracia y la malquerencia.

Esa mañana las golondrinas depositaban su silueta en la cortina de la ventana, tras impedir el paso de los rayos del sol.

Las nubes pendían del cielo como si estuvieran sujetas a un pensamiento. Como vapor de agua de unos ojos llorosos, oscurecían al Sol

A Josefina Murquieta la conocí cuando tenía quince años, ella acabaría de cumplir los cincuenta, de ocupación partera, pero para entonces ya no ejercía.

En la vida todo acción tiene un pensamiento. Quien dice que hizo las cosas sin pensar o esta muerto o quiere pasarse de vivo.

Todos cargamos con penas en el alma, y no se muestran a nadie < >. La alegría si la mostramos, las tristezas no siempre. Aquella mañana las nubes estaban tristes. Eran nubes secas, sin agua, que por acción de la luz parecían de color, ya blanco, ya rojo o azul. Poco a poco empezaron a caer, como polvo de pájaros. Después como nieve. El alud sepulto las montañas. La avalancha duró unos instantes, pero fue suficiente para arrasar con la claridad de la mañana. Por primera vez supe a que olía una nube.

Mi papá Leopoldo, me dijo que aquí, en Tzitzare, el amor es cosa de todos los días y todo se hace con y por amor. Y que las personas somos como las nubes, cuando estamos tristes nos secamos desde adentro, y dejamos de llover. Y cuando la tristeza es más grande que las fuerzas que hay en el cuerpo, terminamos por derrumbarnos.

Eso le pasó a doña Josefina, se derrumbó. Ella era la partera del pueblo, además sabía inyectar y recetaba de vez en cuando algunas medicinas que se compraban con el boticario del pueblo.

Esa misma mañana que se cayeron las nubes del cielo, se acabaron las medicinas de la botica del pueblo, y por la carencia de las mismas, a doña Josefina se le murió a Irene y sus gemelitas.

Irene se sangró, debido a que doña Fina tuvo que romperle la piel tilinte para que una de las gemelitas pudiera salir, pues venía sentada. Las niñas nacieron pero a los pocas horas de nacidas fallecieron, nadie encontró la explicación lógica ni supo cual fue el motivo real, pues a simple vista las niñas nacieron sanas. Pero las creencias populares tienen su cabos que nunca se dejan sueltos. La gente rumoró que cuando las personas nacen hay un estrecho hilo que mantiene unidos a los bebes con su madre y que este hilo se corta después de las veintidós horas y diez minutos del momento en que el hijo sale completo del vientre de su madre. Y la suerte de los hijos siempre va sujeta a la de la madre. Irene murió sin escuchar el llanto de Blasina.

Las niñas alcanzaron las aguas bautismales, la primera se llamó Paz y, la otra, Blasina. Al momento en el cual dejaron de existir las niñas una grácil y pertinaz agua lloviznó el ambiente.

Cualquier otro día, la complicación de parto no hubiese terminado de esta manera, pero en esta historia, como en la vida, las cosas trágicas pasan cuando deben pasar, no antes no después, es la cualidad de las cosas que nos mueven a la compasión o al espanto. Nadie culpó a doña “Fina”. Su delito quedo sin castigo. Por lo menos ante la ley, como decía la gente de Tzitzare. Sin embargo, tolerar este dolor la convirtió en un vil costro.

Irene falleció con sus gemelitas. El día que murió, las nubes se encontraban en lo más alto del cielo como una palanqueta de dulce algodón.

Esa tarde las nubes ya no eran del blanco cotidiano, ni gris tormenta, podría jurar que se volvieron negras. Pues el sol ya no atravesó su gruesa presencia, pareció como si la noche hubiese empezado tres horas antes, o por lo menos la oscuridad se hizo presente a las cuatro de la tarde.

Ante ese paisaje nubiloso la vida siguió de frente y la gente trasoyó el murmullo del viento.

Estas palabras se volvieron las palabras de los habitantes de Tzitzare, todos y cada uno les dieron sentido, y este se convirtió en el mismo. Las palabras tienen el sentido que cada quien crea a partir de sus recuerdos y sus imaginaciones, yo sólo puse palabras vacías, las cuales se llenaron y convirtieron en una historia que aun no se empieza a escribir.

Fin

5 respuestas para “Las nubes estaban tristes”

  1. El David opina:

    Hola! me gusto tu historia inconclusa, espero volver pronto…

    p.d. saludos!

  2. Il postino opina:

    Gracias El David…
    creó que la vida es eso una serie de historias inconclusas
    esperó leer tus comentarios pronto
    saludos

  3. mamalucha opina:

    y hay historias que con el paso del tiempo y de las bocas se hacen chismeeeeee ¡¡¡¡

  4. Il postino opina:

    en efecto mamalucha. Por eso lo único auténtico son los sentimientos, las palabras van y vienen, y el viento cambia su significado.

  5. Vuarnet opina:

    Hola

    Estuve mandando mails a la dirección de contacto pero marcaba error. Así que sorry por avisar por esta vía.

    Quizás no sea importante, pero es mi deber es avisarte que tu blog ha sido elegido bitácora de la semana en Blogs México.

    Saludos

    BM

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